Cartas de William Gaddis (II)

Cartas de William Gaddis (II)

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A Edith Gaddis

Palamós, Gerona

15 de agosto de 1950

Querida madre,

Muchas gracias por tu carta, que recibí el sábado, aunque el domingo fui a Barcelona, volví el lunes por la noche y el martes fue fiesta. Supongo que lo más divertido de todo esto es en realidad la ronda de cartas que estamos intercambiando tú, yo y Margaret: tú me escribes que no me enfade ni me desilusione; yo te escribo que no te desilusiones si ella no puede ir a Massapequa inmediatamente, y te digo que confío que ella pueda verte y hablar contigo honestamente y con libertad, tú me escribes diciéndome lo contenta que estás de que ella pueda hablar contigo honestamente y con libertad, ella me escribe que confía que no pase nada si habla contigo abiertamente cuando yo acabo de escribirle que confío que ella pueda… en fin, con semejante apoyo de todas las partes deberíamos superarlo. Dios sabe que comprendo lo que ella está pasando, yo esperaré hasta ponerme verde; pero me siento un poco culpable por no estar allí para ayudarla; aunque ¿cómo podría si lo estuviese? Desde luego los tres podríamos divertirnos juntos; pero ¿cada cuánto? Por el momento no, así que creo que mejor me siento pacientemente (si eres capaz de imaginarte eso) y trabajo. Ahora, dado que sus últimas cartas no muestran ninguna señal de que vaya a volver pronto, tal vez me quede en España e intente aprovechar el tiempo a solas; creo que mi trabajo va bien, aunque no sé cómo puede saberlo uno con tan sólo uno mismo para juzgarlo. Si puedo arreglar algo a través de Barney, una tarea arriesgada, para asegurar las habitaciones del Palais d’Antin, confío en no tener que desperdiciar tiempo, dinero y energías en ir a París hasta que sepa a ciencia cierta que viene Margaret. (Aunque si me lo “tomo con filosofía”, como tú dices, lo veo retrasarse hasta Navidades. ¡Sí, Navidades! En fin, mejor que la cosa esté finiquitada para esas fechas.)

Dicho sea de paso, por favor, nunca vuelvas a decirme que esto tal vez sea una prueba. Bajo ninguna circunstancia.

Una cosa que puedo quitarte de la cabeza. Cuando se viene a España ocurre de todo, encontramos tesoros buscados en otras vidas, otros mundos, aunque quizá un poco tarde. […] He esperado tanto recibir pronto una carta que diga que Margaret había ido, o estaba de camino hacia Massapequa; sé que ella tiene ganas, y que tú tienes ganas; también yo tengo ganas de ella. (Y mientras ella esté allí contigo podrías darle el Stella Blandish para que lo leyese. Eso debería sosegarla.)

Apenas sé qué decir sobre la guerra; desde luego es más comentada allí que aquí, aunque los periódicos españoles la siguen bastante bien; todo lo que echo de menos es el constante parloteo de opiniones impetuosas y el chismorreo gracias a Dios libre. Pero sí que creo que ahí no hay un peligro inmediato; lo mismo que creo firmemente que todo el asunto habrá pasado antes de 1954. Pero sea lo que sea, tengo la moderna neurosis del poco tiempo que hay y quiero resolver las cosas con Margaret tan pronto como podamos.

Sus cartas son espléndidas; lo único que me preocupa es no poder hacer nada para facilitarle las cosas. Y por favor, permíteme que os asegure a ambas que no estoy enfadado, amargado, desilusionado ni con perspectivas de caer en una insensatez de troglodita; más que nada, me veo abrumado tanto por ti como por ella, por lo espléndidas que sois las dos y lo afortunado que soy yo.

Por el momento supongo que lo más enloquecedor es estar aquí solo, cuando sería tan maravilloso estar con ella. Si bien estoy avanzando mucho en el trabajo: Señor, qué lento llega a ser esto en mi caso. Y contra la constante sensación de placer por el hecho de que vaya bien, disgusto y depresión cuando lo leo y parece ridículo, pretencioso, inmaduro, imitativo, todo lo que te puedas imaginar. Pero —por como pintan las cosas— para cuando vuelva a ver a Margaret, y aparezca de nuevo la perspectiva de una vida competitiva, debería saber si todo ello vale algo, si merece la pena terminarlo. No sé, ella menciona la vida de su hermana y su cuñado, los desplazamientos al trabajo de él, que se ven unas tres horas al día, que ambos están agotados. Luego él se va a jugar al golf los sábados. Y es extraño y desatinado leer acerca da una vida como esa aquí, en España, en realidad en cualquier parte del sur de Europa, de los países mediterráneos, donde la vida es un asunto completamente familiar (Cómo ganar amigos e influencia sobre las personas, como ser un chino como Lin Yutang y ganar un montón de dinero…), aun cuando la gente es pobre.

En el norte de España, en Cataluña, no beben mucho, trabajan duro pero encuentras constantemente, como entre los pobres (para los estándares americanos), esa estupenda actitud solidaria, una especie de confianza forzada que los obliga a confiar los unos en los otros, algo innecesario si se está forrado de dinero; y que al parecer está contraindicado si quieres estar forrado de dinero. (Por todos los cielos, no vayas a pensar que hay implicaciones políticas en lo que estoy diciendo. No es más que lo que veo a mi alrededor, la amabilidad que esta gente me ha mostrado; y en contraste, recuerdos de cosas similares como tu incidente del tirón de bolso en el metro de Nueva York, que jamás se me olvidará.)

En fin, repito que ojalá estuviéramos los tres aquí, lo que nos divertiríamos simplemente paseando hasta el puerto por la noche, por este pueblo. Aunque no tengo claro si tú aguantarías la comida; para almorzar tomé cinco pulpos pequeños (¿calamares?), la tinta era excelente. Los tentáculos un poco desconcertantes.

Con mi amor,
W

Palais d’Antin: residencia parisina de W.G. en la rue de la Chaussée d’Antin, en el noveno arrondissement.
Stella Blandish: presumiblemente No Orchids for Miss Blandish [El secuestro de Miss Blandish] (1939), violenta novela de detectives del escritor británico James Hadley Chase mencionada en la p. 81 de Los reconocimientos. (El nombre propio de la señorita Blandish no llega a darse.) En una carta dirigida a mí, de fecha 12 de junio de 1983, W.G. dijo, “Recuerdo que se la consideraba seminal en la ola sádica/sexual”.
Guerra: la Guerra de Corea, que comenzó el 25 de junio de 1950 cuando las fuerzas de Corea del Norte invadieron Corea del Sur. Dos días después, el Presidente Truman ordenó que las fuerzas navales y aéreas estadounidenses fueran a Corea del Sur para ayudarla a defenderse del respaldo chino a Corea del Norte, y hubo temores de que el conflicto se intensificara a escala mundial.
(Cómo ganar amigos […] dinero): cita de Connolly. El libro de autoayuda de Dale Carneggie Cómo ganar amigos e influencia sobre las personas (1936) es criticado en Los reconocimientos (498-503).

A Edith Gaddis

Calle San Roque, 15
Sevilla, España

23 de enero de 1951

Querida Madre,

Por 3 centavos, un vaso de vino y un pajarito, un pequeño pájaro, supongo que lo que vendría a ser un gorrión desplumado, frito con mucho aceite; y desconcierta bastante levantarlo desplegado y descubrir una forma bastante parecida a la de un hombre (frito con mucho aceite). O el reconocimiento y la simpatía en los rostros de algunos que contaban bastante poco en la agenda de ilusiones y apegos de uno, pero aquí están: Isabel, una mujer mayor y fea de aquí que me dio la bienvenida enseñando alegremente las encías, y estar de vuelta en este dormitorio común, bastante similar al de un hospital por sus cuatro camas blancas, sus dos aguamaniles (con cántaros), una mesa blanca y un sofá tan parecido al de un psicoanalista como para causar alarma… alarma a mí, no a un español. O en el bar Capi, bastante cercano, y su bienvenida, e inmediatamente obligada, de nuevo, la sensación de soledad intensa entre maestros de la amistad. O Eulalio, mi “amigo” sevillano, que bastante a menudo me empuja al homicidio, y su bienvenida; Salud, su esposa, y Rosita, su hija, y la aventura que al parecer suponía mi regreso, tan emocionados estaban, y será por mi natural ánimo contrario, o por mis otras pasiones, que todo ello me avergüenza y resurgen las demandas de anonimato.

Otra vez el “Don Guillermo”. Esto es frío y húmedo.

He vuelto.

En fin, te olvidas de la suciedad y la pobreza; y pese a todo la insistencia absolutamente implícita en la salvación por todas partes; paredes desnudas y ventanas entabladas; ni cenicero ni papelera, de modo que cenizas y mondas de naranja van al suelo por igual, así es más fácil para todos.

Anoche, mientras tomaba un vaso de vino, se congregó una familia a mi lado (tal vez adviertas que aquello no era un lugar de retiro de moda). Padre y madre ciegos, él fuertemente marcado con sífilis (y deduzco que ella lo mismo), y una hija al parecer sana de unos 13 años, que iban a cambiar la recaudación del día, una calderilla de plomo cuyo valor sería despreciable en Massapequa, por monedas (venden billetes de lotería, sabes, y reciben “propinas” de entre unos 0,02 centavos a 0,05 centavos). Y escuché por encima que el hombre le decía a la hija, arrugando la cara hacia arriba como si se buscara a sí mismo, como si no hubiera perdido el gesto hace años, Y este inglés, ¿qué pinta tiene? ¿Lleva ropa elegante…? Y ese era yo. Así que ya ves, en comparación soy rico; estoy calentito en comparación con quienes ahora están en la calle. Pero pese a ello uno pasa por las casas de Sevilla, atisba por entre portones rematados de cuero y latón lo bastante grandes como para dar cabida a un carruaje, ve un patio resplandeciente de azulejos y un verde suntuoso que crece en macetas de latón; o a la gente que pasa en sus carrozas…

El domingo telefoneé a Margaret desde Madrid. Y por supuesto no soy capaz de expresarte lo maravilloso que fue oírla, ni lo triste que acabo resultando la conversación. Oh, en serio, de verdad (ya lo sabes), qué persona tan magnífica y espléndidamente valiente es. Sé que ahora ella está pasando, y en consecuencia ha pasado, una temporada horrible con todo este asunto. Repito: no sé. Tal vez lo imagines, ahora mismo tengo la fuerte sensación de que debería estar allí, con ella, para hacer algo, lo que fuese. Y aquí estoy, parece que estabilizado con mi trabajo y haciendo todos los preparativos económicos para quedarme dos meses más, por lo menos. Oh, ya sabes que no pretendo enfrentarte a todo esto; tan sólo decirte que las cosas están en este estado. Y aquí estoy, con 45 libros y 9 kilos de obra propia, e imposible saber a qué llegará ésta.

Aparte he oído noticias de subida de impuestos. Estoy preocupado, sobre todo después de la carta donde decías que mi cheque te había salvado de un apuro por el momento. ¿Seguro que estás bien? Y estos 100 dólares al mes, ¿es una sangría intratable? Tienes que decírmelo.

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¿Podrías, entonces, ingresarme el siguiente giro (febrero) en mi cuenta de allí, por favor? Tengo además unas cuantas preguntas. ¿Cuál es, por ejemplo, el precio de un billete de ferrocarril de Massapequa a Nueva York?, ¿y el de un abono?

He escrito a Charles Morton (Atlantic), preguntándole qué.

Esta dirección (la de abajo) debería valer, a menos que se trate de algo de mucha importancia que pudiera correr peligro de perderse, entonces el consulado.

Con todo amor,
W

A John y Pauline Napper

Sevilla, España

Sábado, 27 de enero de 1951

Queridos John y Pauline,

[…] Ya hace un mes de que me encontrara atrapado en el carruaje de primera clase de la estación Storrington, y la Honorable Miss Algo me entregase a una semana de vuestro magnífico servicio. Supongo (un psicoanalista podría averiguarlo) que he tardado tanto en escribir porque fue maravilloso, porque quería poder agradecéroslo convenientemente, algo de lo que por supuesto ni siquiera ahora soy capaz, ni veo que vaya a serlo nunca. Incluso podría justificar esa rudeza egoísta con un Propósito, pero ni siquiera eso vale para no haber escrito, puesto que no ha sido hasta hace dos días cuando he vuelto a trabajar.

París fue por supuesto el tiovivo que pensaba que sería, e hicieron falta unos ocho días de saltos, números de teléfono extraviados, autobuses perdidos, estrechar de manos…, pero como podéis ver al final escapé de la casa cálida con sirviente oriental y del elegante coche de carreras (que ni siquiera saqué del garaje mientras estuve allí). Pero, ahora, ni teléfonos, ni gramófonos, ni Citröen, ni Rolls Royce… Y la bienvenida. Gente que no había visto en casi dos años, y casi todos criados o camareros y etcétera, pero bienvenida radiante […] Es maravilloso, y desgarrador, este derroche de nada, y semejante amistad me aísla en vergüenza incluso más, por lo que sea, que la tolerancia civilizada de Londres o la indiferencia dura, sosa, deprimente, absurda, pretenciosa, estúpida y fastidiosa de París. Ah, sí, y muerto, también. Y repito: Bien.

No sé qué es lo que tiene Madrid para que me parezca tan hermosa. Pero lo fue los dos días que me quedé allí en el camino de regreso. Tiempo claro y fresco, y todo parecía blanco, como en Cádiz, aunque nunca antes había pensado en ella como una ciudad blanca. Pero el Prado. Y el Parque del Retiro un domingo por la tarde. Y esa, como tantos han dicho antes, cualidad aparentemente innata de felicidad en los europeos del sur, de la que París, con todas sus chucherías rutilantes y viejas, nunca consigue. Y de nuevo el contraste con Inglaterra, que favorece a ambos países, las maneras de exteriorizarlo todo inmediatamente aquí, el sentido del estilo, un lugar para todas las cosas.

Y nada ha cambiado; salvo que han terminado el banco que estaban construyendo en una esquina de Plaza Nueva y han empezado otro enfrente. Todavía los organillos, que hacen llorar a cada trocito sentimental que hay en mí y, como Odiseo, debo ser amarrado al mástil mientras pasamos frente a la roca donde cantan las sirenas, o a lo mejor debería seguirlas. (Lo hice una vez, en Palamós, ¿os lo conté?, seguí a una que salió del pueblo, subió la colina hacia el cementerio, iba tirada por un poni.) Pero les pido que toquen La Tani y se me va, una que ya no es “popular” pero que siempre lo es, porque hace un par de noches le pedí a un acordeonista ciego que la tocara en un bar (estaba tocando la vieja melodía de La Cumparsita) y al poco cinco niñas y mujeres gitanas, hermosas y sucias, aceitosas, con las costuras reventadas y los talones hechos polvo, estaban palmeando en la esquina, algo que me emociona desde la primera vez que lo oí. (Ahora tengo que evitar al acordeonista ciego porque se arranca con La Tani cuando su ayudante me ve y eso me cuesta una peseta. Tenéis que ver estas cosas.)

Estas últimas semanas he pensado muchísimo en vosotros; pero nada me ha traído el recuerdo de Chantry Mill tan bruscamente como la comida, que Isabelle me sirve en medio de una luz un tanto tenue para mantener el engaño. (Aunque eso es lo primero que uno nota en España, nada más cruzar la frontera, las luces tenues por todas partes.) (Nada del neón de París.) Pescado lamentable, requemado a muerte; plato de habichuelas con arroz; lonchas de ternera como hojas de roble y patatas, fritas en aceite. Aceite. Patatas frías, flotando en aceite. Pero hay vino.

(Y pese a todo queda la fe. Aunque la fe, el amor y la esperanza se encuentran en la espera.)

Telefoneé a Margaret desde Madrid, una conexión perfecta, lo que hizo mucho para aumentar la tristeza de la conversación, la aparente imposibilidad de que alguna vez lleguemos a algo; no sé, todo sigue igual, nada ha cambiado, y yo la amargo al llamarla de buen humor porque Madrid estaba tan bien y ella era tan espléndida, y por tanto tan infeliz. No sé; ¿os agobio con esto? Pero lo tengo en la cabeza, un depresivo constante.

Vámonos… no es que no os quiera, sino que vuestra casa está muy lejos.

Mujer.

Uno y uno, dos / Dos y dos son tres… No sale la cuenta porque falta un chulumbes (esta palabra es gitana, no sé cómo se escribe).

Tengo que llamaros, como dije. Antes hará falta un pequeño cambio de actitud. Afortunadamente llevo una buena cantidad de libros, aunque éstos, claro está, presentan la tentación de leerlos. Me gustó la novela argentina, y pese a su brevedad la tengo presente. Gracias, gracias, innumerables veces, por todo. He de intentarlo; hará falta tiempo.

Tengo un montón de notas desordenadas, tomadas sobre la marcha en la Vida Real, para pasar el rato antes de la llamada de las diez de Isabella: ¡Don Guillermo, a comer!, proclama el tratamiento de aceite de la noche (cómo me acordaré siempre de lo que salió de aquel pollo asado).

Abrazo fuerte del cirujano herido,
W

La Tani: o “Tani, mi Tani”, canción flamenca sobre una joven novia gitana. Escrita alrededor de 1942 por Francisco Acosta (letra) y Gerardo Monreal (música). Es oída en el capítulo tercero de la tercera parte de Los reconocimientos.
La Cumparsita: tango compuesto por el uruguayo Geraldo Matos Rodríguez (1917).
Aunque la fe […] en la espera: versos de la tercera parte del “East Coker” de Elliot.
Uno y uno […] chulumbes: letra de “La Tani”; como Sinisterra explica en Los reconocimientos, “la cuenta no sale porque falta un niño. Churumbel significa niño” (813).
Cirujano herido: del primer verso de la cuarta parte de “East Coker”.

A Robert Minkoff

[Yo estaba ampliando mis esfuerzos en recopilar las cartas de W.G. y había escrito a Robert Minkoff para solicitar copias de las que pudiera tener él. Minkoff escribió a W.G. pidiéndole permiso para entregármelas.]

American Academy in Rome
Via Angelo Masina 5
00153 Rome

12 de noviembre de 1984

Estimado Robert Minkoff.

Por fin me llegó su carta del 20 de agosto y aprecio su consideración por lo que en el fondo es una idiotez. El tal Steven Moore ha publicado ya dos libros sobre mi obra —muy coherentes y cuidadosos— y al parecer va camino de ser mi simpático “cronista”, me guste a mí o no.

Mis cartas —y creo que las de cualquiera— no están escritas para su publicación (a menos que sí lo estén, en cuyo caso probablemente están llenas de mentiras); creo que legalmente la carta (como objeto) pertenece al receptor (o a quienquiera que éste la venda/entregue), mientras que quien la escribió mantiene la propiedad de sus contenidos (i.e., respecto a su publicación). Hace mucho que vengo sospechando que mis papeles, cartas, etcétera acabarían devengando más dinero (no necesariamente hacia mí) que derechos de autor los libros en sí, y digo “idiotez” arriba porque al parecer es esto lo que está sucediendo: tengo entendido que una universidad de Canadá ha pagado unos 900 dólares por un puñado de mis cartas (claro está que no a mí). ¡Por tanto lo que sostiene usted entre las manos mientras lee esto tiene un precio tasado!

Ergo, ¿cuál es la solución burda? ¿Escribo una carta a alguien, le envío una fotocopia y me quedo el original? Las cartas son suyas, para que las guarde, las queme, las venda, se las dé a Steven Moore o dos de las anteriores; es decir, véndale a Moore fotocopias y guarde, queme o venda los originales. Todo esto es una locura. (Tengo entendido que la primera edición de Los reconocimientos, una vez saldada a 1,98 dólares, va ya por los 450 dólares.)

Saludos cordiales,
William Gaddis


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