Vollmann en The Paris Review

William Volmann en The Paris Review

The Royal Family - Portada original

Entrevista realizada por Madison Smartt Bell para The Paris Review, publicada en otoño de 2000.

William T. Vollmann, autor de once libros publicados desde 1987, ha llegado a ser conocido por su insólita fecundidad, por su extraordinaria pirotecnia estilística, por la relación única de su personalidad con su obra, y por la impactante ambición de sus proyectos literarios. Vollmann está logrando además cierta notoriedad por su carrera paralela como aventurero profesional.

A los veintidós años, viajó a Afganistán con la esperanza de ayudar a los rebeldes muyahidines en su lucha contra el ejército soviético. Sus esfuerzos no demasiado satisfactorios se narran en el tragicómico relato autobiográfico An Afghanistan Picture Show (1992). A principios de los ochenta, mientras vivía en San Francisco, trabó amistad con las prostitutas del Tenderloin a fin de reunir material para su primer libro de relatos, Historias del arcoíris (1989).

Vollmann lleva más de una década trabajando en Seven Dreams: A Book of North American Landscapes, un grandioso proyecto multinovela que recrea la historia del continente norteamericano. “Me gustaría ver estos libros siendo enseñados en clases de historia”, ha dicho. The Ice-Shirt (1990) narra la breve colonización de parte del continente por los vikingos; Fathers and Crows (1992) relata las relaciones entre los sacerdotes jesuitas franceses y los iroqueses y los hurones; y The Riffles (1994), tercera novela publicada (en realidad sexta en la serie), se centra en las hazañas del explorador británico Sir John Franklin, que murió en una expedición naval al Ártico canadiense. Antes de ponerse a escribir The Riffles, Vollmann pasó dos semanas en una estación meteorológica del Polo Norte, donde su saco de dormir no lograba hacerle entrar en calor y empezó a tener alucinaciones a causa de la falta de sueño: “Cuando llegaba la noche se preguntaba si viviría hasta la mañana”, escribe.

[Hasta el momento] Vollmann ha publicado también el libro de relatos Trece historias y trece epitafios (1991), así como las novelas Para Gloria (1992) y La familia real, que apareció a principios de este año.

Aunque ha sido actualizada este otoño, la mayor parte de esta entrevista tuvo lugar en Nueva York en otoño de 1993. Volmann estaba de viaje promocional de su obra de publicación más reciente, la novela episódica Historias del mariposa. Conversamos en el pequeño salón del apartamento de su hermana Sarah en Hell’s Kitchen, donde Vollmann paraba mientras estaba en Nueva York.

ENTREVISTADOR: Has escrito y publicado una enorme cantidad de material desde tu primera novela en 1987. ¿Te impresiona tu nivel de producción?

WILLIAM T. VOLLMANN: Pues no. Trabajo rápido por diferentes motivos. En parte lo hago porque disfruto mucho haciéndolo; en parte porque mis editores me pagaban poquísimo. Yo no quería hacer otra cosa aparte de escribir, lo que implicaba que tenía que escribir más libros para ganarme la vida. Ahora hago más periodismo y trabajo más que nunca, pero me gusta mucho. He escrito un puñado de libros y creo que me ha llegado la hora de aflojar un poco, de intentar disfrutar de la vida y de pintar más acuarelas de chicas sin ropa.

ENTREVISTADOR: Suena agradable.

VOLLMANN: Una de las cosas que tuve que hacer ocasionalmente mientras recopilaba información para el relato de prostitutas “Damas y luces rojas” de Historias del arcoíris fue sentarme en un rincón, bajarme los pantalones y masturbarme. Fingía hacerlo mientras hacía preguntas a las prostitutas. Pues, de lo contrario, yo les inducía pavor y además ellas se sentían fatal, en la creencia de que yo era policía.

ENTREVISTADOR: Sin embargo esa no es la vista más tranquilizadora…

VOLLMANN: Quizá no. Pero ya no tengo esa clase de dificultades; ahora me ayudo con las acuarelas. Pinto desnudos de ellas, y de mientras tengo la oportunidad de charlar con ellas. A ellas les doy mucha lástima porque miran las acuarelas, que no son cien por cien figurativas, y les parecen realmente atroces. De modo que imaginan que soy una nulidad total. Ellas se abren a mí, y yo les doy dinero y ellas me dan toda clase de cosas. De momento funciona bastante bien.

ENTREVISTADOR: ¿Tienes formación artística?

VOLLMANN: No. Me gustaría dar un par de clases. Hace poco conocí a una mujer que pinta unas hermosas acuarelas de flores. Me encantaría que me enseñase algunos trucos.

ENTREVISTADOR: ¿Sueles escribir o tomar notas cuando estás en medio de estas experiencias?

VOLLMANN: Siempre.

Tomando notas para Historias del arcoíris
W. Vollmann tomando notas para el relato “Los caballeros blancos”, de Historias del arcoíris.

ENTREVISTADOR: Por lo general, ¿cuántas horas pasas al día escribiendo?

VOLLMANN: Nunca he tenido unos hábitos de trabajo ordenados. Es algo que sencillamente hago tanto como puedo. En los primeros libros, se trataba de puro placer. Ahora ya no hay tanto placer porque me duelen las manos siempre que tecleo.

ENTREVISTADOR: ¿Cuándo empezaron a dolerte tanto las manos?

VOLLMANN: Al cumplir los treinta. En Fathers and Crows fue donde trabajé más horas, dieciséis al día.

ENTREVISTADOR: ¿Escribes la primera versión directamente en ordenador?

VOLLMANN: Sí, hasta que me atacó el síndrome del túnel carpiano. Últimamente me valgo más de cuadernos, pues las manos no me duelen cuando escribo en papel. Preveo el día en que ya no sea capaz de teclear y tenga que escribirlo todo en un cuaderno y pagar a alguien para que lo transcriba.

ENTREVISTADOR: ¿Ha habido algún cambio más en tus hábitos de escritura, aparte del problema en el túnel carpiano?

VOLLMANN: En los primeros libros, lo que hacía era escribir un puñado de frases para luego volver a ellas y expandirlas, añadirles tanto como podía hasta que eran como una especie de granos de maíz que explotaban… todo ello para adensar el texto y embellecerlo mediante esta densidad. Aún hago eso de vez en cuando, pero cada vez me interesa más eliminar cosas mientras escribo. Me resulta grato intentar escribir cosas concisas, compactas. Me viene muy bien como ejercicio. Y creo que es importante intentar hacer cosas diferentes: cambiar acerca de lo que escribo, y también la manera en que lo hago. De lo contrario, no haría más que repetirme, lo que no me vendría nada bien, ni sería justo para mis lectores.

ENTREVISTADOR: ¿Mencionaste en algún sitio que estabas trabajando en una especie de manual para escritores?

VOLLMANN: Así es. Cada vez que se me ocurre una buena idea, la anoto, y a veces, cuando me quedo atascado, leo mis notas en pantalla y digo, Ah, sí, siempre puedo intentar esto…

ENTREVISTADOR: Luego es una especie de documento abierto sobre tus propios métodos.

VOLLMANN: Eso mismo. Se titula “Wordcraft” [“El oficio de la palabra”] y tiene una sección de reglas, algunas notas largas sobre diferentes obras literarias; cómo éstas solventan o no logran solventar determinados problemas. Como en su mayoría es bastante árido, lo que hago es coger extractos de libros en diversos estados de producción y mostrar cómo he trabajado en ellos.

Resulta de escaso interés salvo para quien quisiera entender el proceso de revisión. A fin de cuentas, donde los escritores gastamos más tiempo es en mejorar las palabras, o en intentarlo… a veces las empeoramos. De modo que “Wordcraft” es una cosa bastante tediosa, como una suerte de manual.

ENTREVISTADOR: Resulta raro imaginarte revisando a fondo, a juzgar por la cantidad de cosas que has publicado tan rápido. Debe ser por el tiempo que le dedicas.

VOLLMANN: El ordenador ayuda mucho. Algo bueno de haber trabajado como programador es que aprendí a mirar cosas en pantalla. No necesito tener un papel en las manos para ver si la cosa funciona o no. Me da lo mismo si se mueve por la pantalla y es inestable.

ENTREVISTADOR: ¿Crees que eso te hace ganar tiempo?

VOLLMANN: Probablemente. Si bien pienso que una parte crucial del proceso de escritura es, siempre, dejar que el texto se asiente; una mayor eficiencia en el ordenador no puede solventar ese problema. Una vez que has terminado de teclear y de dar vueltas al texto y todo lo demás, tienes que apartarlo una temporada. Lo haces para ver si se mantiene en pie, para ver si has recortado bien los flecos, si tiene sentido, si es consistente, qué forma tiene en realidad. Eso no hay manera de decirlo mientras estás trabajando. El ordenador me ayuda además a trabajar en varios libros a la vez, tantos como seis o siete.

ENTREVISTADOR: ¿Cuándo trabajaste como programador informático?

VOLLMANN: Estuve un año en un programa de doctorado en Berkeley. Luego decidí que aquello no era para mí. Me habían dado una beca para aquel año, y me sentí un tanto culpable por aceptarla. En aquel momento lo que necesitaba era salir de allí y tener experiencias y expresarme. De modo que al cabo de un año lo dejé después y no volví. Estuve unos seis meses trabajando como empadronador a domicilio. Luego conseguí un empleo como programador en Silicon Valley y empecé a trabajar en You Bright and Risen Angels en la oficina.

Dormía bastante en la oficina. Trabajaba a media noche. Como no conduzco, me quedaba allí toda la semana, durmiendo bajo mi mesa, con una papelera delante de la cabeza para que los conserjes no me descubrieran, viviendo a base de barritas de chocolate. Siempre me pillaba de Los Tres Mosqueteros porque tienen media onza extra por el mismo dinero. Trabajaba en el libro siempre que podía, y lo almacenaba en cintas magnéticas. Rara vez imprimía una copia en papel; creo que sólo lo hice en una ocasión.

Hay montones de cosas en ese libro que me gustan, pero era un poco un libro para críos; era demasiado fácil seguir y seguir y pasárselo bien inventando cosas. Ahora estoy más interesado en mirar alrededor e intentar comprender mi entorno. Puede que alguna vez, si me hago viejo y no viajo mucho, disfrute metiéndome de nuevo en mi cabeza, pero ahora mismo no.

ENTREVISTADOR: ¿Fue ese el primer empleo que tuviste después de la universidad, el de Silicon Valley?

VOLLMANN: Al acabar la universidad fui a San Francisco y trabajé de secretario en una compañía de reaseguros. Era un trabajo bastante deprimente. El sitio era pequeñísimo. Los tíos entraban y extendían los brazos como si fuesen alas para que yo les quitase los abrigos. Me decían, Dos, y yo les ponía dos terrones de azúcar en el café. Me sentaba allí y trabajaba en las cartas del jefe. Calculo que tendría unos veintiún años. Yo era una persona muy tímida y tenía unas ganas enormes de agradar, y por eso el tipo aquel me retenía a menudo hasta tarde sin pagarme nada extra; daba la sensación de que toda mi vida fuera aquello. Odiaba aquella oficina. Trabajé allí hasta que tuve suficiente dinero para ir a Afganistán.

ENTREVISTADOR: ¿Por qué querías ir a Afganistán?

VOLLMANN: ¿Por qué? Porque aquel era un caso actual y urgente de sufrimiento políticamente inducido (como Irak y Kosovo ahora). Quería hacer algo. Principalmente fracasé. Pero aprendí mucho, motivo por el cual escribí un libro sobre aquello.

ENTREVISTADOR: ¿Fue An Afghanistan Picture Show el primer libro que escribiste?

VOLLMANN: No, mi primer libro lo escribí cuando estaba en primero o segundo de primaria. Iba de unos astronautas que intentaban explorar otro sistema solar. Lo proyecté para que hubiera exactamente tantos planetas en el sistema solar como astronautas, cada uno una especie de trampa mortal, de modo que iban cayendo fulminados uno tras otro.

Cuando estaba en la universidad escribí un libro titulado “Introducción a las autobiografías”. No era un libro bueno, pero ocasionalmente tenía párrafos y frases buenas, y a veces he canibalizado partes de él en otros libros.

Después de eso, supongo que empecé a trabajar en algo que acabaría convirtiéndose en You Bright and Risen Angels, pero no sabía qué hacer con él. Lo aparté y escribí el libro de Afganistán, que tampoco era demasiado bueno; no estaba terminado cuando yo pensaba que sí lo estaba. Por tanto supongo que You Bright and Risen Angels fue el primero en estar de veras terminado, aunque intenté vender antes Picture Show, pensando que estaba terminado, pensando que estaba bien cuando en realidad no lo estaba.

ENTREVISTADOR: ¿Dónde estabas cuando escribiste la primera versión de An Afghanistan Picture Show? ¿De vuelta en California?

VOLLMANN: En San Francisco. Mi meta inicial al escribirlo era ayudar a los afganos, aparecer con una especie de libro que fuese interesante a la manera en que lo es Homenaje a Cataluña de Orwell; un libro que contiene tanto descripción narrativa como análisis político. Cuando lo lees, experimentas una situación particular, pero al mismo tiempo el libro es intemporal, aun cuando la situación no. Su lectura sigue siendo interesante a la manera en que lo es la historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides. Yo quería hacer lo mismo. En aquella época estudiaba en Berkeley. Lo presenté a un concurso de ciencias políticas. El juez me mandó una pequeña nota donde decía que le había gustado mucho, que era una obra literaria muy interesante, pero no una obra política. Por tanto lo entregué a un agente literario, el cual dijo que aquello no era literatura, que era políticamente interesante pero no literatura.

ENTREVISTADOR: Eso se llama caer en medio.

VOLLMANN: Exacto. Aquello me hizo sentir que lo había conseguido.

ENTREVISTADOR: ¿Cuánto tardaste en escribir la primera versión?

VOLLMANN: Pues tres o cuatro meses, supongo. Me limitaba a sentarme cada momento libre que tenía y trabajaba en él. Había hecho cantidad de fotografías, que repasaba siempre que podía. Las ayudas visuales me resultan muy importantes para escribir. Me gusta ver los lugares sobre los que escribo. Por eso llevo toda mi carrera haciendo fotografías de cosas, para luego poder analizarlas. El meollo de las Baladas líricas de Wordsworth, cuando habla del desbordamiento espontáneo de emoción recordado en estado de tranquilidad, una fotografía puede ayudarte a hacer lo mismo.

ENTREVISTADOR: ¿Trabajabas ya en bloques de texto muy cortos con aquella primera versión?

VOLLMANN: Sí. Me había impresionado un libro de Danilo Kis, un escritor yugoslavo, Una tumba para Boris Davidovich. Al menos para mí, es más fácil crear coherencia y belleza a pequeña escala. Organizar un bloque, releerlo y reescribirlo de principio a fin. Posteriormente, los bloques pueden ser dispuestos de manera narrativa o arquitectónica, reordenados en consecuencia.

ENTREVISTADOR: ¿Te ha influenciado algún otro escritor en especial?

VOLLMANN: Me gusta mucho Lautreamont. Él me enseñó lo importante e ideal que es escribir una frase hermosa. De hecho, ya estoy tardando en releer Maldoror. Me gustaría volver a entresacar unos cuantos trucos de ese libro.

ENTREVISTADOR: ¿Algún otro escritor que haya influido en tu estilo?

VOLLMANN: Supongo que cuando escribí El Atlas, un conjunto de textos cortos basados en experiencias en todo el mundo —muchos son de guerra—, el texto de Hemingway sobre el viejo ante el puente en Por quién doblan las campanas fue una inspiración para algunos de ellos. El viejo no va a cruzar el puente, y si lo hace volará por los aires; no hay nadie que pueda ayudarle; antes o después van a darle alcance y ese será su fin. La manera en que Hemingway maneja todo esto —en página y media— es bastante asombrosa.

Fotografía de cubierta de El Atlas
Fotografía de cubierta de El Atlas.

ENTREVISTADOR: Fuiste a la facultad de Deep Springs en California. ¿Cómo te decidiste a ir allí?

VOLLMANN: Pues la verdad es que me gustaba mucho la idea de ir allí, y me gustaba el hecho de que fuese gratis —enseñanza y alojamiento— si te aceptaban. Yo nunca había trabajado con las manos antes de ir a Deep Springs, y en realidad le tenía un poco de miedo a esa parte. Pensaba que se me daría fatal. Aprender me costaba, pero una vez que entendía cómo hacer algo siempre lograba un resultado aceptable. Daba de comer a los animales y los sacrificaba. Llevé la librería, la biblioteca…

La facultad fue fundada por Lucien Lucius Nunn, el cual hizo todo tipo de experimentos con corriente alterna en Telluride, Colorado, y amasó un buen montón de dinero. El hombre estaba interesado en la capacitación vocacional, cosa que era rara por aquel entonces. El sitio era realmente maravilloso. Aquello me enseñó un montón. Allí se centran en intentar prestar servicio a otras personas, algo que siempre he querido hacer.

ENTREVISTADOR: ¿Dónde está?

VOLLMANN: A dos valles del Valle de la Muerte. El siguiente es el Valle Eureka, donde vivía Charles Manson. Es un sitio bastante desolado. El valle tiene más o menos el tamaño de Manhattan. Las dos únicas cosas que hay son el rancho y un puesto de mantenimiento, que ahora está abandonado.

ENTREVISTADOR: ¿Conocías el enfoque de la institución cuando empezaste?

VOLLMANN: Tras haber sido aceptado, me enviaron una cosa titulada El libro gris, el cual contiene los dichos y dogmas de L. L. Nunn. Algunos son bastante ridículos, y un poco racistas y elitistas, pero otros son realmente buenos. Lo que el hombre quería era crear lo que él llamaba Administradores de la Nación: gente capaz de hacerse cargo de cosas y de dirigirlas. Pero él pensaba que eso se podía hacer igual de bien siendo herrero que presidente. Según lo veo yo la idea es bonita. Tal vez no sea cierta, pero a mí me gusta pensar que lo es.

ENTREVISTADOR: La sensación es que lo habrías tenido más fácil casi en cualquier otro sitio, luego ¿por qué allí?

VOLLMANN: Supongo que era genial estar en otro mundo totalmente distinto y alejarse de verdad de casa y ser independiente, económicamente independiente. Mis padres siempre quisieron que fuera a una escuela de negocios. Posteriormente, cuando estaba en Cornell, mi madre dijo, Sabes, tu padre y yo pensamos que deberías ir a la escuela de negocios y a la de posgrado, y si lo haces, te lo pagamos. Si quieres ir a lo tuyo, no te lo pagamos. Yo dije, Vale, pues voy a lo mío y no me lo pagáis. Seguramente pensaba algo en esta vena cuando fui a Deep Springs. De siempre he tenido la sensación de poder hacer lo que quiera sin que nadie pueda detenerme. Así que aquello me vino bien. Los alumnos acababan como pagados de sí mismos. Pero es genial porque todo el mundo depende de ti. Si metes la pata, la gente se queda sin leche.

ENTREVISTADOR: De Deep Springs fuiste a un programa en Cornell patrocinado por Nunn. ¿Cómo era aquel programa?

VOLLMANN: Pues aquello se llama Telluride House, por Telluride, Colorado. Telluride se había convertido en una institución mixta, en contra de los deseos de Nunn. Yo lo había esperado como agua de mayo. Tenía bastante hambre de chicas para cuando me marché de Deep Springs. Pero Telluride me pareció odiosa; muy jerárquica, elitista. En Deep Springs te formas el carácter pastoreando vacas, y en Telluride sigues con acciones bursátiles y vas a bailes. Muy endogámico. Allí tienen una jerga propia. Por ejemplo, valoran mucho algo llamado I.I.I., Intercambio Intelectual Informal. Siempre estaban diciendo, Aquí no hay suficiente I.I.I. Si opinan que no eres un buen miembro de la institución, pueden echarte durante un semestre; te suspenden temporalmente. Muy vanguardista. Una chica perteneciente a la dinastía nunniana —su padre y su abuelo habían estado tanto en Deep Springs como en Telluride— decía, Algunas personas nacieron para ser dirigidas y otras para dirigir, y nosotros somos la Asociación y vamos a dirigirte y eso es así. En cierto modo hay que admirarles por la franqueza. Yo intenté organizar una pequeña facción para derrocar a la clase gobernante. Por supuesto, fracasamos miserablemente porque no teníamos armas. Los de Telluride suelen acabar en el mundo académico. Una chica de mi clase empezó siendo leninista, se unió a la Asociación, y acabó escribiendo discursos para Jean Kirkpatrick.

ENTREVISTADOR: ¿Ha acabado alguno como vaquero?

VOLLMANN: No, no. Vaqueros ni uno.

ENTREVISTADOR: Da la sensación de que te sentías responsable de pagarte tus gastos. ¿De veras se negaron tus padres a ayudarte o fuiste tú el que lo hizo de esa manera?

VOLLMANN: Mis padres tenían buena posición, pero yo siempre me sentí incómodo pidiéndoles nada. Mi hermana se ahogó a los seis años, cuando yo tenía nueve. Se suponía que yo debía vigilarla y no lo hice. Siempre me he sentido culpable por eso, y mis padres como que también me culparon un poco, creo. Ocurrió en un estanque de New Hampshire; éste era poco profundo, pero el fondo cedió de repente y… ella no sabía nadar. Yo sabía que ella no sabía nadar, y se suponía que tenía que estar echándole un ojo. Mi padre y mi tío habían salido a nadar. Yo sencillamente dejé de prestar atención en un momento dado. Estaba perdido en una especie de ensoñación.

ENTREVISTADOR: ¿No podrían tus padres haber compartido la responsabilidad hasta cierto punto por decidir dejarla a tu cargo?

VOLLMANN: Oh, claro, en eso son democráticos. A estas alturas creo que también se culpan un poco a sí mismos. Pero como fuera después de aquello me sentía muy incómodo en casa.

ENTREVISTADOR: ¿Desde los nueve años?

VOLLMANN: Me sentía como si no fuera exactamente querido allí y… Seguramente exageré un poco las cosas.

ENTREVISTADOR: ¿Lo hablabas con ellos?

VOLLMANN: Nunca. El tema me avergonzaba e incomodaba. Tuve pesadillas prácticamente todas las noches —del esqueleto de ella persiguiéndome y castigándome y cosas así— durante la mayor parte del instituto, y luego las cosas mejoraron bastante.

ENTREVISTADOR: ¿Por ir a Deep Springs?

VOLLMANN: Deep Springs me proporcionó un montón de confianza en mí mismo.

ENTREVISTADOR: ¿Qué piensan tus padres de lo que haces ahora?

VOLLMANN: Pues al principio no paraban de decir, Bill, ¿cuándo vas a crecer, cuándo vas a dejar esto de escribir y a hacer algo para ganarte la vida? Luego, tras salir el primer libro, estaban muy orgullosos de mí. Estuvieron orgullosos de mí bastante tiempo; siguen orgullosos de mí, pero empiezan a sentirse bastante molestos porque cada vez escribo más sobre mí mismo y sobre sexo. Yo me siento un poco mal por ellos, un poco abochornado, pero al mismo tiempo he de hacer lo que he de hacer. Cuando Esquire publicó un extracto de Historias del mariposa, a ellos se les cayó el alma a los pies.

ENTREVISTADOR: ¿Tienes alguna vez la intención de escandalizar? ¿Tienes al lector en mente cuando escribes?

VOLLMAN: No, yo no me escandalizo, y no persigo escandalizar a otros. No soy una persona egocéntrica ni adopto poses.

ENTREVISTADOR: Está claro que partes de Historias del mariposa tienen que ser ficticias, pero aun así me cabe la duda de si tuviste sexo sin protección con tantas prostitutas. ¿Por qué adoptar tales riesgos?

VOLLMANN: Lo cierto es que no me importaría encontrar otra manera. Cuando estaba escribiendo You Bright and Risen Angels, Historias del arcoíris y las demás, no me resultaba particularmente interesante actuar de ese modo, relacionarme con prostitutas de esa manera. Pero cuando empecé a escribir no dejaba de pensar que mis personajes femeninos eran muy débiles e irreales. ¿Cuál es la mejor manera de mejorar eso?, pensé. Pues tener relaciones con un montón de mujeres distintas. ¿Y cuál es la mejor manera de lograr eso? Irse de putas.

ENTREVISTADOR: ¿Ha funcionado?

VOLLMANN: No lo sé, pero tengo la sensación de haber creado algunos personajes realmente buenos. Además, a veces me siento solo. Ha sido un placer conocer a todas estas mujeres a las que, no me cabe ninguna duda, les he importado. Mantengo el contacto con ellas. Las ayudo, ellas me ayudan; pagan mi alquiler porque escribo sobre ellas. Les hago fotos, se las doy; las pinto. La relación es muy buena.

Vollmann pintando a una prostituta

ENTREVISTADOR: Tengo la sensación de que así aprendías mucho sobre cómo son y piensan las prostitutas, y no necesariamente tanto sobre mujeres más convencionales.

VOLLMANN: Ya. Bueno, también he tenido la oportunidad de acostarme con algunas de ésas.

ENTREVISTADOR: Vaya, bien. Me alegra saberlo.

VOLLMANN: Ya casi nunca me acuesto con prostitutas americanas, a menos que ellas quieran de veras que lo haga; si van a sentirse dolidas si no lo hago. Muchas son amigas. Posan para mí como modelos, y he escrito cantidad de historias sobre ellas.

ENTREVISTADOR: He leído que libraste de la esclavitud a una prostituta de diez años.

VOLLMANN: Bueno, eso fue en Tailandia. Si de algo va aquel libro de Afganistán es de cómo intenté ayudar a gente y fracasé. Incluso el libro en sí fue un fracaso; no era un libro perfecto y sus ventas fueron horribles. Todo lo que lo ha rodeado ha sido de una total consistencia.

ENTREVISTADOR: Una obra maestra a su manera.

VOLLMANN: Una obra maestra del fracaso. De cualquier manera, cuando estuve en Tailandia, fui a un pueblo del sur y pagué por una joven para la noche. El burdel —uno de esos sitios ocultos tras una floristería con cantidad de túneles y puertas cerradas a cal y canto y demás— era espantoso y parecía una prisión. Intenté ayudar a un par de chicas pero era imposible sacarlas de allí. Lo intenté y no pude. Cometí el error de ir a la policía, de intentar que la policía las sacase; eso las puso al borde de la detención y la cárcel, porque la policía está comprada. Me las arreglé para abortar la redada llevándome a los polis a cenar e invitándolos a Johnny Walker. Pagué por una chica de catorce años y la metí en una furgoneta y salimos a toda pastilla hacia Bangkok. Yo en el momento estaba con otra, Yhone-Yhone, una chica muy alegre, prostituta callejera. Ella fue mi intérprete. Ella tranquilizó a la chica de catorce años y consiguió que confiara en mí. La instalamos en una escuela dirigida por un familiar del rey de Tailandia. Luego fui al norte, conocí a su padre, le di algo de dinero y él me dio un recibo por su hija. El hombre no sabía que la niña había sido vendida a un burdel. Cuando se lo conté él dijo, Oh. No lo sabía, pero, en fin, que sea lo que ella quiera. El hombre no es un mal tipo, sino un pobre diablo. Fue soldado con Chiang Kai-shek. Tailandia está llena de marginados que viven en asentamientos. Éstos no saben leer ni escribir. Ese hombre vive a base de perros secos y serpientes secas.

ENTREVISTADOR: ¿Tú eres dueño de su hija?

VOLLMANN: Eso es. Soy su dueño. A ella no le caigo particularmente bien, pero estaba contentísima de salir de aquel sitio. Le encanta la escuela. Aquello es una especie de centro de formación profesional. Se llama algo así como Centro para la Promoción del Estatus de las Mujeres. Hay muchas antiguas prostitutas allí. La mayoría no aprende a leer o escribir porque eso no les sirve de nada. Ella está ahora aprendiendo a coser. Algunas aprenden a trabajar de esteticistas.

En la escuela de Tailandia

ENTREVISTADOR: Según el libro, cuando fuiste a Afganistán, fue para salvar a toda una nación. ¿Qué valor tiene salvar a una sola persona que está en una situación que afecta a muchas?

VOLLMANN: Antes eso me preocupaba, pero entonces me dije, Tú sólo llegas a donde llegas, y si fueras esa persona en concreto te alegrarías mucho de ser salvado. El efecto neto es positivo. Y no puedes hacer mucho más.

ENTREVISTADOR: Hace poco estuviste en Bosnia. ¿Qué te atrae de estas zonas en guerra?

VOLLMANN: Esto no tiene ningún atractivo. No es divertido. Si lo fuese, yo sería un frívolo o un monstruo. No obstante, cabe aprender una enormidad acerca de los seres humanos cuando se les presencia en situaciones extremas. Esto me ayuda a mejorar como escritor y a ser una persona más empática. Lo que es más importante, tengo la responsabilidad de utilizar mi talento y mi competencia para iluminar el sufrimiento humano. La iluminación es el primer paso hacia el alivio. Es difícil llevar a cabo cirugía de emergencia en medio de una oscuridad total.

ENTREVISTADOR: Deduzco que la naturaleza de tu interés en situaciones así debe haber cambiado un poco desde Afganistán.

VOLLMANN: Así es. En este momento soy un competente corresponsal de guerra, en vez de un idiota de guerra como lo fui en Afganistán. Para mí el atractivo de ir a aquel país residía en estar trabajando en un largo ensayo sobre cuándo está justificada la violencia y cuándo no; trataba de hacerme con alguna especie de regla moral para ello, y la mejor manera de lograr eso es con casos bélicos reales. Aún quiero seguir siendo testigo de ellos.

ENTREVISTADOR: ¿Qué hay del impulso misionero?

VOLLMANN: Pues intenté sacar a una chica de Sarajevo, una chica serbia, pero no pude. Los de la ONU andaban a la gresca con los serbios; los croatas y los musulmanes no se dirigían la palabra. No fui capaz de lograr el permiso para sacarla.

ENTREVISTADOR: ¿Fuiste armado a esos sitios?

VOLLMANN: No, ahora intento conseguir un permiso. Me gustaría poder llevar un arma en Tailandia.

ENTREVISTADOR: ¿Practicas en un campo de tiro?

VOLLMANN: A veces. Mi impresión es que no se me daría mal defenderme.

ENTREVISTADOR: Bueno, en muchas de esas situaciones estás muy cerca del agresor.

VOLLMANN: Exacto. Al alcance de la mano, tengo entendido.

ENTREVISTADOR: El arma que elijo yo para defenderme en casa es una escopeta; así la puntería no es problema. Como mi padre me dijo una vez, Si usas una escopeta, puede que no acabes con lo que sea, pero harás que se marche.

VOLLMANN: Yo tengo una para protegerme de los osos polares cuando voy al norte. En realidad es tal engorro cruzar la frontera con ella que al final la dejé con un amigo de Canadá. Siempre me dio un poco de miedo tener una escopeta en casa porque imaginaba que en un espacio reducido al intruso le sería fácil agarrarla por el cañón. Ya sabes, quitártela de un tirón… Para eso sería mejor una recortada.

ENTREVISTADOR: Veo que imaginas una situación con conversación. No es así como la concibo yo.

VOLLMANN: Quizá tengas razón.

ENTREVISTADOR: ¿Tienes armas en casa? ¿Cuál te gusta?

VOLLMANN: Pues tengo una Sig-Sauer P-226, una de nueve milímetros, una especie de revólver automático. Funciona bastante bien, con muy poco retroceso. Hace poco que ha empezado a encasquillárseme, tengo que averiguar por qué. Llevo años con ella. Antes tenía una Browning BDA 380. Una cosa con una pinta excelente pero con la que nunca le acerté a nada. Estoy pensando en pillarme la nueva Desert Eagle de calibre cincuenta.

ENTREVISTADOR: ¿Calibre cincuenta?

VOLLMANN: Es la pistola más potente jamás hecha.

ENTREVISTADOR: Dios. ¿Qué pasa cuando la disparas, se te cae el brazo del hombro?

VOLLMANN: Por eso mismo quiero probarla. Cada vez que voy a Deep Springs, me doy una vuelta por un vertedero que tienen con lavadoras viejas y cosas así. Siempre me llevo unos tablones y un arma. Una nueve milímetros hace un agujero limpio a través de la puerta de una lavadora, pero no la resquebraja. Estaría bien probar la calibre cincuenta allí.

ENTREVISTADOR: ¿Te imaginas disparando de verdad a alguien?

VOLLMANN: Antes me preguntaba qué haría si viera que a alguien le estaban haciendo daño de verdad y decidí que sacaría mi pistola e intentaría detener la agresión, porque sencillamente no podría soportar no hacer nada. Tengo una amiga inuk, en la que Reepha [de The Riffles] está basada en parte, que una vez vino a Nueva York. Fue la única vez que llevé un arma en el metro. Ella era tan confiada que se acercaba a hablar con todo el mundo en el metro. Yo tenía mucho miedo de que le hiciesen daño; si alguien la hubiese agarrado y empezado a golpearla, yo habría sacado la pistola sin dudarlo un instante. No sabes cuánto me alegro de que no le pasara nada. Ella era tan buena y tan dulce que se acercaba a cualquiera y se ponía a hablar y la gente se limitaba a sonreírle. La mayoría era capaz de ver que ella no tenía demasiadas luces. La chica era tan sólo muy buena y bienintencionada pero le faltaba medio cerebro, y la gente no tenía valor para decirle nada, aun cuando ella cogía en brazos a los niños y hacía toda clase de cosas. Sin embargo yo tuve en todo momento el temor de que le tocara las narices a alguien sin pretenderlo, ya sabes.

Finalmente me marché de Nueva York. En esta ciudad tenía la sensación de ver cada dos por tres escenas de maltrato entre la gente. Era sucia y casi no había árboles. Incluso en Central Park, si te pones en un extremo, ves los edificios del otro lado. Es imposible librarse de la gente. La cambio por el Ártico en cualquier momento.

ENTREVISTADOR: ¿En qué se diferencia San Francisco de Nueva York?

VOLLMANN: San Francisco es un poco más sencilla. Siempre he tenido la sensación de que los de California te dejan tomarte todo tipo de libertades con ellos, mientras que en Nueva York no. Recuerdo una vez que estaba en Morningside Heights y unos adolescentes negros me agarraron y me dejaron una bonita cicatriz en el brazo. Me sentí bastante indefenso. Yo estuve medio bromeando con ellos mientras me hacían quemaduras porque imaginaba que eso era lo que un buen iroqués habría hecho.

ENTREVISTADOR: ¿En qué circunstancias te ocurrió eso?

VOLLMANN: Pues estaba enredando con unas prostitutas de la zona de Times Square. Una accedió a que me quedara con ella. Sus hermanas y hermanos pequeños se divertían con una especie de juego consistente en subirse encima de ascensores. Yo lo habría hecho con ellos; intenté conectar con el grupo pero no lo logré. Ellos me odiaban por ser blanco o algo. En San Francisco, siempre que me metía en una situación como esa, la sensación era que podía salir de ella con dignidad.

ENTREVISTADOR: Claro, allí llevas un arma.

VOLLMANN: En San Francisco, en el oeste, la gente es de reacciones un poco más lentas. Se paran a pensar. Eso funciona en beneficio del investigador. En Nueva York tuve la sensación de que aunque la gente establezca reglas, cabe la posibilidad de que no las sigan. Hasta teniendo un arma, si resulta que los demás también tienen una, el hecho de que la lleves empeora las cosas.

ENTREVISTADOR: Déjame preguntarte sobre tu serie de novelas históricas. ¿Concebiste Seven Dreams como una serie? ¿Cómo se te ocurrió?

VOLLMANN: La imaginé como algo similar a las Metamorfosis de Ovidio. La pensé como una cosa de un volumen, un volumen bastante grande, una especie de largo poema en prosa sobre nuestro continente a lo largo de los últimos mil años, valiéndome de todo tipo de mitos, leyendas e historias europeas y nativo americanas. Enseguida me di cuenta de que no podía hacer todo eso en un solo volumen. Luego advertí que también quería que fuese histórico. Fathers and Crows tiene algunas partes débiles, algunos puntos muertos, algunos puntos áridos, pero aun así te haces una idea, opino yo, de cómo tuvo que ser la vida en Canadá durante la primera mitad del siglo diecisiete. Me satisface haber conseguido eso. Así como que sea, en muchas partes, una buena historia. Me gustaría tener la oportunidad de volver a hacer The Ice-Shirt, porque con ese libro estaba como tanteando el camino. En Father and Crows creo haberlo conseguido. The Riffles es bastante bueno.

ENTREVISTADOR: ¿Qué has descubierto hasta ahora en el proceso de escribir estos libros?

VOLLMANN: Concluí que en investigación jamás hay suficiente nivel de esmero. Cada sueño aborda al menos dos puntos de vista enfrentados. El punto de vista derrotado únicamente sobrevive en archivos dado que obviamente un iroqués del siglo veintiuno es muy distinto de su primo del siglo diecisiete. Si soy incapaz de meterme en la cabeza del indio del diecisiete, entonces todo lo que habré escrito será otro texto sentimentaloide tipo “Caramba, ¿no es horrible lo que les hicimos a los indios?”. De ahí que sea necesario saber cómo se vestía, comerciaba, cazaba, amaba, etcétera, el iroqués del diecisiete. Una tarea durísima. Me sentí muy orgulloso de mí mismo porque, en mi opinión, con un par de personajes de Fathers and Crows, como con Amantacha, o en ocasiones con Nacida Bajo el Agua, lo logré. The Riffles fue mucho más fácil porque tengo amigos inuit. Por tanto sé cómo habla este pueblo y hasta cierto punto cómo piensan.

ENTREVISTADOR: ¿Se interpone alguna vez el contar una buena historia en el hecho histórico?

VOLLMANN: En Seven Dreams, lo histórico es en sí una buena historia, y corrijo cualquier escena que se haya pasado de la raya. En las otras novelas, la narración está antes que todo lo demás. En An Afghanistan Picture Show y en mi periodismo, simplemente obedezco el eslogan pintado en el cuartel general de Khun Sa, el “Rey del Opio” birmano: la única obligación es contar la verdad.

ENTREVISTADOR: En tus obras siempre hay un personaje que se te parece. ¿La expedición que narras en The Riffles se parece mucho a lo que te sucedió?

VOLLMANN: Es bastante precisa, salvo que el personaje de Subcero llora y yo no lloré. Esa parte da una idea bastante buena de cómo fue. Tenía la intención de pasar una pequeña prueba sobre supervivencia en el Ártico, y la aprobé con un cinco pelado.

ENTREVISTADOR: Mi opinión es que en algunas de esas historias podrías prescindir de ti y de tu papel y las obras aún se sostendrían. Fathers and Crows sería posiblemente un libro menor pero la integridad de la trama seguiría ahí.

VOLLMANN: Ese quedaría bien. Con The Riffles no podría hacerlo. En los primeros libros de Seven Dreams, intentaba recrear algo que básicamente ya no existe. El paisaje sigue siendo el mismo pero para de contar. No hay manera de interactuar con los personajes. Mi descubrimiento consistió en ir al lugar, recorrerlo, leer las fuentes primarias, mientras que en The Riffles se añadía la relación con un pueblo que aún subsiste. No hubiera sido capaz de meterme en ese mundo sin ser parte de él.

ENTREVISTADOR: ¿Entonces fue ese el motivo de la expedición al Ártico?

VOLLMANN: En realidad quería meterme en las cabezas de la gente de Franklin e intentar imaginar cómo pudieron ser sus dos últimos años: en condiciones terribles, completamente atascados y sabiendo que no podían salir de allí y que seguramente iban a morir. Aquella pareció una buena manera de hacerlo, ir a un lugar donde estuviese completamente a solas en pleno invierno. Pensé que aprendería algo acerca de la soledad y el miedo y el mal tiempo y la supervivencia, y así fue.

ENTREVISTADOR: ¿Te parece que The Riffles es un libro más logrado por esa razón?

VOLLMANN: Creo que está más logrado, pero no porque yo aparezca en él. Fathers and Crows me gusta muchísimo. Creo que hay páginas de Fathers and Crows que son necesarias, pero lleva un tiempo poner toda la maquinaria en marcha; todo era muy insólito, no sólo la parte india sino también la europea. Tuve que introducir un montón de nombres extraños y todo lo demás. Mientras que en The Riffles mi opinión es que el lector se emociona de manera más inmediata porque yo fui capaz de experimentar la historia; siempre es mejor cuando el lector percibe que la cosa ha sido experimentada. En The Riffles, cada cosa cobra vida porque yo había podido verla. Tal vez sea un logro menor que Fathers and Crows, pero es una mejor lectura.

ENTREVISTADOR: ¿Habrías ido al Ártico de no estar interesado en escribir sobre Franklin?

VOLLMANN: Probablemente no en aquel momento. Quizá hubiera intentado algo distinto. Pero el Ártico siempre me ha interesado, y me gustó sentirme alguien emancipado y autosuficiente allí arriba. Con el tiempo, me gustaría llegar al punto de poder ir allí en cualquier momento y tener la seguridad de poder pasar un par de semanas, sin importar cómo. Me encanta estar allí. Me gusta estar con la gente, y también me gusta estar solo en aquel lugar, y con los años he ido perfeccionando el equipamiento, calculando bien lo que necesito, y aprendiendo a vivir allí cortos periodos de tiempo. Jamás sería capaz de vivir allí permanentemente, pero en algún momento sí que disfrutaría cruzando de la isla de Ellesmere a la isla de Axel Heiberg, o caminando por el mar helado de Groenlandia. Estaría muy bien ir con un inuit y cazar. Si alguna vez tengo dinero, me gustaría pagarles para que viajaran conmigo durante todo un año, viviendo de la tierra, como en el pasado. ¡Sería una gozada!

ENTREVISTADOR: ¿Cazas cuando subes allí?

VOLLMANN: No. Voy con ellos. Me encanta comer lo que atrapan. Imagino que hay un montón de presión sobre esos animales y yo no tengo ningún derecho a hacerles nada porque no soy de allí. No quiero añadir más presión sobre ellos. Pero si ellos quieren, yo estaré feliz de acompañarles y mirar. Me encanta ver los trucos que utilizan y me gusta comer morsa o foca o caribú.

ENTREVISTADOR: Tengo entendido que tu mayor problema fue la deshidratación. ¿Por qué no podías comer nieve en vez de beber agua y ya está?

VOLLMANN: Si comes nieve, te deshidratas. Hace falta tanta energía para derretir la nieve que morirías de comerla. Los esquimales llenaban de nieve una bolsa de piel y la mantenían cerca del cuerpo todo el día para derretirla.

ENTREVISTADOR: ¿Prefieres la investigación —la experiencia— o escribir? ¿Qué placer proporciona cada actividad?

VOLLMANN: Eso depende de la experiencia y de lo que escriba. Obviamente no disfruto la labor fastidiosa de acortar un texto periodístico serio hasta dejarlo en una ramplona sección informativa chorreante de sangre. Ni disfruto yendo a zonas en guerra y siendo tiroteado. Sí me encanta explorar paisajes extraños y aprender de nuevos pueblos. Me encanta representar lo que aprendo. También me encanta escribir libros donde (con desastrosas excepciones tipográficas) tengo el control total y puedo dar lo mejor de mí.

ENTREVISTADOR: ¿Cómo encajas tu nuevo libro, La familia real, en el resto de tu producción?

VOLLMANN: Supongo que las novelas de prostitutas podrían considerarse una trilogía de la que este sería el tercer libro. El tema común es la prostitución y el amor. Aparte de eso, no sé. Fue genial tratar de explorar otros mundos en este libro, como el mundo suburbano de Sacramento, aunque en este sentido tengo la sensación de tan sólo haber rascado la superficie y de que seguramente podría hacerlo mejor.

ENTREVISTADOR: ¿Has pensado alguna vez en hacer otra cosa aparte de escribir?

VOLLMANN: Creo que la escritura no basta para aquello que me interesa. Quiero tener responsabilidad y actuar además de escribir. No me refiero a actuar en primera línea, sino más bien a lograr cosas… hacer cosas que ayuden a la gente de alguna manera… cosas como secuestrar a aquella esclava sexual. Sería genial si con mi contribución lograse abolir los automóviles o eliminar la televisión algo así.

ENTREVISTADOR: ¿Entonces no te consuela la idea de que al escribir estos libros cambias la actitud de la gente y la emocionas e influencias al mundo en el buen sentido?

VOLLMANN: No creo que eso cale hondo. He visto muchas veces a gente emocionada que al día siguiente vuelve a lo que fuera que estuviese haciendo.

ENTREVISTADOR: Puedes acabar haciendo más daño que bien.

VOLLMANN: Me fascinan las personas como Yukio Mishima, que defendía lo que considero eran ideales absolutamente estúpidos, se quitó la vida de un modo absolutamente inútil, hizo sufrir a su familia e hirió a aquel pobre general que tomó como rehén. Actuó como un completo idiota. Y sin embargo, me atrae la idea de ir tan lejos, de tomar una de tus creencias —algo que se inicie en un orden estético— y de algún modo trasladarlo a la esfera práctica de los asuntos humanos. Desde luego, su arenga a los soldados fue un completo fiasco. Eso debió mortificarle bastante, que le abuchearan en los últimos momentos de su vida.

ENTREVISTADOR: Tus autorretratos, si son autorretratos, son siempre figuras un tanto desgraciadas, salvo tal vez en The Riffles. ¿Te ves como alguien desgraciado?

VOLLMANN: No, no creo que sea desgraciado. Lo que intento es entender circunstancias políticas del mundo y aprender cómo era éste en un sentido histórico. Hoy en día llevo una vida estupenda. Hago todo lo que quiero.

ENTREVISTADOR: ¿Escribes para otros, o para ti mismo?

VOLLMANN: Escribo periodismo para otros. Mi libro sobre la violencia, Rising Up and Rising Down, pretendía beneficiar a los demás. La serie Seven Dreams podría enseñar un poco sobre historia e identidad cultural. Mis demás novelas son puro divertimento, aunque disfruto agradando a otros y me alegraría mucho que a los lectores y a los críticos les gustasen. Si no, me es indiferente. Al fin y al cabo, el mundo no me debe la vida, luego bien puedo desperdiciarla como yo elija.

ENTREVISTADOR: ¿Entonces lees reseñas?

VOLLMANN: Las leo y las disfruto. Pero si todos dijeran que un libro es malo mientras yo pensara que es bueno, seguiría pensando que es bueno.

ENTREVISTADOR: ¿Te parece que tienes alguna imagen pública o que acabarás teniéndola?

VOLLMANN: Pues probablemente algunas personas pensarán que soy un chovinista o que soy muy osado o incluso que soy una especie de figura desafortunada. A la gente siempre le es más fácil caracterizar al escritor que a la obra. Porque la obra sí hay que leerla.

ENTREVISTADOR: La mayoría de escritores diría eso… aunque ellos no se introducen en su obra como tú.

VOLLMANN: Eso es cierto.

ENTREVISTADOR: ¿Hay alguna parte de tu vida que no esté disponible como tema para una obra?

VOLLMANN: Yo no canibalizo mi vida a fin de escribir. A veces, si me da por investigar algo, decido experimentar lo que investigo con el objetivo de dar vida a las descripciones. Otras veces escribo para expresar o exorcizar alguna sensación intensa que pueda tener. Algunas personas se entretienen creyendo que he hecho todo lo que hacen mis personajes. Por mí, pueden creer lo que les apetezca. Pero lo cierto es que intento respetar mi privacidad y la de los demás.

ENTREVISTADOR: Considerando la libertad con que usas tu persona como personaje novelable y la cantidad de cruda realidad que hay en tu narrativa, me pregunto cómo distingues entre tu narrativa y tu periodismo.

VOLLMANN: El periodismo lo hago principalmente por dinero. Las revistas perjudican o destruyen la mayoría de lo que publican bajo mi nombre. Si escribo sobre política (tema que ocupa la mayoría del periodismo que hago), insisto en que el mensaje básico no acabe corrompido aunque sus modulaciones a menudo terminen erosionadas en el proceso “editorial”. Aparte de eso, soy un gacetillero del montón. Escribo lo mejor que puedo, pero sonrío y me aguanto (y cobro el cheque) cuando el texto ha sido arruinado. Así es como sobrevivo económicamente.

Hace mucho que el quietismo materialista de nuestra sociedad decretó lo siguiente: la técnica literaria es un incordio que entorpece el mensaje. En cuanto al mensaje en sí, ¿a quién le importa? En lo que a mí respecta, no veo más que dificultades en el futuro. Mi periodismo corre peligro de convertirse en las cabriolas de un animal de circo enviado a actuar en lugares peligrosos. Mis libros, que están libres de corrupción, sólo siguen publicándose a regañadientes. Una ristra de malas reseñas y todo habrá acabado.

Conozco a muy pocas personas que se tomen en serio los libros por su propio bien. Si ahora puedo influir en algo cuando digo en un periódico o un libro que nuestras sanciones contra los civiles iraquíes son funestas, lamentaré no poder hacer lo mismo en el futuro.

ENTREVISTADOR: Hay otros escritores que sí introducen sus personalidades en su obra de una u otra manera: Norman Mailer, en ciertas fases de su carrera, o Hunter Thompson o Charles Bukowski, cuyo material guarda similitud con el incluido en Historias del arcoíris. Pero ese estilo de autorrepresentación está a menudo inducido por la vanidad. Me preguntaba qué opinas de esto. ¿Eres consciente de que hay gente mirando? ¿Te importa? ¿Crees que no hay nadie mirando?

VOLLMANN: Imagino que hay algunas personas mirando, pero lo cierto es que me da igual lo que nadie piense. Yo lo único que quiero es conservar mi libertad y hacer las cosas que siempre he querido hacer. Quiero ver un montón de lugares desconocidos, caminar por el mar helado tantas veces como pueda y ver las junglas. Quiero enamorarme de mujeres hermosas de todas las razas. Rescatar a alguien de vez en cuando, mejorar lo que pinto y mejorar la estructura de mis frases. Si puedo ganarme la vida haciendo esas cosas, genial, pues seguiré haciéndolas, y que los demás hagan con mi imagen lo que quieran. A mí no podría importarme menos.

Todas las imágenes son propiedad de Ken Miller, y se encuentran en este link.


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